EL LINCHAMIENTO COMO RESPUESTA CIUDADANA
Por Alvaro Morales de León
El linchamiento no es un invento de nuestra época ni una aberración propia de estas tierras. La historia de la humanidad, incluso la sagrada, lo registra con crudeza. La Biblia narra cómo Esteban, joven diácono y predicador del mensaje de salvación, cayó bajo una lluvia de piedras lanzadas por escribas y fariseos que no toleraron su palabra.
También consigna la la Biblia la turba lista para ejecutar a la adúltera ante quien Jesús se interpuso, desarmándola con una sola pregunta: «El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.» En ambos casos, la lógica era la misma que hoy recorre las calles de Cartagena: la comunidad, convencida de su derecho, se erige en juez, tribunal y verdugo.
En Cartagena, en 2017 Óscar de Jesús Suárez fue linchado en el barrio Nuevo Horizonte, señalado de robar un bolso. Murió sin juicio. En 2025 dos hombres fueron linchados tras intentar atracar a un ciudadano. La turba actuó en segundos. En 2026 Robert Andrés Meza murió linchado en el barrio “Las Delicias” al intentar cometer un homicidio en el sector.
Este 9 Mayo, cerca al Conjunto Residencial “Parque Heredia”, en terrenos de lo que fue la Zona Sur-Oriental, un motociclista atracador cayó en manos de la comunidad, salvándose gracias a un cómplice armado que dispersó a tiros a la multitud.
Lo ocurrido en cercanías al “Parque Heredia”, a plena luz del mediodía, sintetiza la tragedia con escalofriante claridad: un delincuente estuvo a punto de morir a manos de la multitud, y solo se salvó porque otro criminal llegó en moto y dispersó a balazos a quienes pretendían hacer justicia. La ciudad presenció, en un solo episodio, dos fracasos simultáneos del Estado: el de la seguridad que permite el atraco, y el del orden que no pudo contener ni la turba ni los disparos.
Sería cómodo condenar el linchamiento desde la óptica moral sin preguntarse por qué ocurre. Cartagena vive una ola de inseguridad que no cede. La presencia policial es insuficiente, la respuesta de la Alcaldía es tardía o inexistente, y la ciudadanía acumula una desesperación que, llegado el momento de tensión, explota en forma de golpes y piedras. No se está justificando la barbarie; se está diagnosticando su causa. Una comunidad que lincha no está celebrando la violencia, está gritando que fue abandonada.
El linchamiento es, en su esencia más desnuda, un síntoma de Estado fallido a nivel local. Cada vez que una turba toma la justicia en sus manos, está firmando el acta de defunción de la institucionalidad en ese barrio, en esa esquina, en esa ciudad. Y el problema no es solo ético o legal, sino también práctico: la justicia popular es ciega, veloz e irreversible. Mata inocentes. Encubre venganzas. Destruye pruebas. Y deja a la comunidad con más trauma del que tenía antes.
La Alcaldía de Cartagena y la Policía Nacional tienen una deuda urgente con esta ciudad. No basta con aparecer después del linchamiento a levantar el cadáver o a detener a los linchadores. La obligación es estar antes: en los barrios, en las calles, en la noche. Mientras esa presencia no sea real y sostenida, la historia bíblica seguirá repitiéndose, sin que haya un Jesús que se interponga entre la piedra y la víctima.
#noticiasvital
