EL TIGRE NECESITA UN BOZAL-
Por Álvaro Morales de León
A la ya cargada indumentaria de “El Tigre”, hay que incorporarle un bozal, y lo digo, para que controle su boca y deje de confundir la Presidencia con un tribunal de acusaciones públicas, donde piensa que con levantar la voz, y señalar con el dedo y pronunciar palabras demoledoras presentando a otros servidores públicos ante la opinión nacional como culpables de delitos cuya responsabilidad corresponde establecer a la justicia y no a él como Presidente.
De ahí el título de este artículo: Abelardo “El Tigre”, necesita un bozal. No uno físico, por supuesto, sino uno simbólico que le recuerde que la investidura presidencial impone límites, exige prudencia y obliga a comprender que la autoridad no se demuestra humillando, con gritos, a los demás.
Lo ocurrido con el alcalde de Sincelejo, Yahir Acuña, durante un encuentro en Coveñas, Sucre, el pasado 2 de octubre, constituye un ejemplo de esta preocupante manera de ejercer el poder. El mandatario nacional lanzó fuertes señalamientos relacionados con presunta corrupción con el Programa de Alimentación Escolar y le recordó otros asuntos judiciales que involucran al Alcalde.
No defendemos la corrupción, y si existen indicios de corrupción contra un funcionario publico, deben investigarse con rigor, sin contemplaciones y hasta las últimas consecuencias; pero una cosa es denunciar y aportar pruebas, y otra muy distinta es asumir públicamente el papel de juez, fiscal y verdugo que no le corresponde, como lo hace el Presidente De la Espriella.
El episodio de Sincelejo volvió a repetirse este pasasado fin de semana, los día 17 y 18 de octubre, en San An Andrés, cuando el presidente de La Espriella visitó esta Isla y sus víctimas fueron entonces, la gobernadora de la Isla, Girley Natacha Ordóñez Bowie, la representante a la Cámara por San Andrés, Elizabeth Jay-Pang Díaz, y su esposo Norbert Vonblon Pomare, a quienes no tuvo escrúpulos en llamarlos y señalarlos de corruptos.
Tanto a la gobernadora de la Isla, Girley Natacha Ordóñez Bowie, que solo lleva tres meses en el cargo, como a la Representante a la Cámara por la Isla, Elizabeth Jay-Pang, acorralándolas en el corredor de entrada de la Base Naval de la isla de San Andrés, el presidente de la Espriella, con micrófonos y cámaras escondidas, y su increpante y amedrantador tono, sin dejarlas hablar, les armó el mismo show que le armó a Yahir Acuña en Sincelejo, señalándolas de oponerse a la intervención del Hospital, de manejo corrupto de la contratación y de los recursos públicos.
Ninguna crisis administrativa, por dura que sea, autoriza a convertir un encuentro oficial en una tribuna para descalificaciones personales. Las sospechas deben conducir a investigaciones; y no pueden ser reemplazadas por insultos y acusaciones sin fundamentos.
También preocupa que el enfrentamiento político se extienda a otros mandatarios regionales, como el que tuvo con el gobernador de Nariño, Luis Alfonso Escobar, con quien el hoy presidente, en tiempos de campaña política lo acusó de constreñir a las personas para que votaran por Cepeda, el candidato del Pacto Histórico; y ahora de Presidente, dirigiéndose a él, en la Cumbre de gobernadores de Mompox, lo señaló como amigo de los grupos irregulares, y le dijo que no aceptaba ninguna negociación que hicieran gobernadores con grupos terroristas, refiriéndose al ELN, refiriendose al gobernador nariñense.
Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿desde cuándo la Presidencia de Colombia necesita recurrir a semejantes demostraciones de fuerza verbal para hacerse respetar? ¿Acaso el poder de un mandatario depende del volumen de sus gritos, de su capacidad para intimidar o de la humillación pública de quienes considera adversarios?
El uniforme militar, la pistola al cinto y el boquitoqui podrán formar parte de una determinada puesta en escena presidencial, pero no sustituyen la argumentación, las pruebas ni el respeto institucional. Gobernar no es montar un espectáculo de confrontaciones. Gobernar es resolver problemas, garantizar derechos y responder por las decisiones del Estado.
La contradicción resulta todavía más incómoda cuando las exigencias de transparencia parecen adquirir distinta intensidad según quién sea el destinatario de las críticas. Si se reclaman explicaciones sobre recursos públicos, también tienen que exigirse para las donaciones o fundaciones vinculadas a personas cercanas al poder, el mismo principio debe aplicarse sin excepciones. La transparencia no puede ser una obligación exclusiva de los adversarios.
Finalmente, el bozal de este artículo que necesita “El Tigre”, es una metáfora de la moderación que reclama el ejercicio responsable del poder. Porque cuando la lengua presidencial se desborda, no solamente queda comprometida la imagen de quien habla: también se resiente la dignidad de la institución que representa.
