LOS MUERTOS DE CHOLÓN”
Álvaro Morales de León
Cholón, es ese pequeño rincón de aguas tranquilas en la Isla de Barú que durante años ha sido presentado como un paraíso turístico, esconde no sólo un mar de excesos fuera de todo control de las autoridades sino además, algo difícil de ocultar, la tragedia, la muerte real, concreta y evitable de personas que llegan allí buscando descanso y terminan encontrando tragedia.
Este fin de semana, exactamente la tarde del domingo 15 de marzo, volvió a ocurrir. Otra vida se perdió en medio del caos náutico que reina en el balneario. Esta vez la víctima fue una joven médica proveniente del Caquetá, Julieth Nataly Bohórquez Romero, quien había llegado a Cartagena para participar en un congreso de gineco- obstetricia, y como tantos visitantes que pisan esta ciudad amurallada atraídos por sus
encantos, decidió aprovechar un día libre para conocer Cholón y disfrutar del mar Caribe, donde encontró la muerte.
El accidente ocurrió exactamente en un lugar de la bahía de Cholón, conocido como “Playa Azul”, Julieth, de 42 años de edad, murió víctima de las aspas del motor de una lancha que maniobraba entre decenas de embarcaciones que entran y salen del lugar sin orden, sin control efectivo y, muchas veces, sin las mínimas normas de seguridad.
La escena se repite con una frecuencia que debería escandalizar a cualquier autoridad responsable. Lanchas acelerando entre bañistas, embarcaciones que atracan prácticamente encima de los turistas, operadores que privilegian la rapidez del negocio sobre la seguridad de las personas. Todo ocurre a plena luz del día, frente a la mirada de autoridades que parecen limitarse a observar cómo el problema crece sin tomar
decisiones de fondo.
Lo ocurrido este fin de semana no es un accidente aislado. Es la consecuencia previsible de una anarquía marítima que lleva años denunciándose y que ninguna administración distrital ha querido enfrentar con seriedad.
Por los mismos motivos de Julieth, la recientemente médica asesinada por las helices mortales de un motor fuera de borda en Cholón, ya antes, el 19 de marzo de 2017 a la joven Diana Cepeda, joven barranquillera, de 20 años de edad, estudiante universitaria, la hélice de uno de estos mismos descontrados motores que impulsan las embarcaciones, le succionó la pierna.
El 30 de noviembre de 2019, Valentina González Medina, una joven, también barranquillera, de 21 años de edad, estudiante de sicología igualmente perdió la vida en este balneario.
El 2 de junio de 2024, la tragedia cayó sobre la vida del joven arjonero de 28 años, Juan David Cervantes Vega, las mismas aspas mortales de las embarcaciones que le qiutaron la vida a Jilieth y a Valentina, también se la quitaron a este joven dedicado al oficio de la Cocina. Era Cheff de Cocina.
Pero lo que resulta aún más indignante es la reacción institucional posterior a la tragedia. El alcalde de Cartagena, Dumek Turbay, ni siquiera tuvo la elemental sensibilidad de expresar personalmente sus condolencias a la familia de la médica fallecida. En lugar de asumir la vocería y dar la cara ante la ciudad, prefirió delegar la respuesta en su jefe de la oficina jurídica.
Una decisión que transmite un mensaje de fría indiferencia frente a una muerte que, con medidas adecuadas, pudo evitarse.
Porque lo ocurrido en Cholón no es fruto del destino ni de la mala suerte. Es el resultado de la ausencia de controles estrictos sobre las embarcaciones que transportan turistas y residentes hacia ese sector de la Isla de Barú.
No existe un sistema claro de rutas de ingreso y salida, ni zonas delimitadas para bañistas, ni
vigilancia permanente que regule el tráfico de lanchas.
El balneario se ha convertido en un parqueadero flotante donde decenas, a veces centenares, de motores fuera de borda operan simultáneamente alrededor de personas que nadan, bailan o simplemente flotan en el agua.
Las autoridades distritales han preferido mirar hacia otro lado, quizá porque Cholón se ha transformado en una poderosa máquina de ingresos para operadores turísticos, transportadores y comerciantes. Pero la economía turística no puede seguir creciendo sobre la base de la improvisación ni, peor aún, sobre un cementerio silencioso de víctimas. Cada muerte en Cholón debería ser un punto de inflexión. Pero no lo ha sido.
La pregunta que Cartagena empieza a hacerse con creciente indignación es simple: ¿cuántos muertos más se necesitan para que la Alcaldía imponga reglas claras, controles reales y sanciones ejemplares a quienes convierten el mar en una pista de riesgo mortal? Mientras esa respuesta no llegue, el paraíso seguirá sumando nombres a una lista trágica de muertes.
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