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PALOMA: ENTRE LA ARITMÉTICA ELECTORAL Y LA INCERTIDUMBRE POLITICA

Por Álvaro Morales de León

Las elecciones legislativas y consultas interpartidistas celebradas en Colombia el pasado 8 de marzo de 2026 dejaron un panorama político tan interesante como incierto. En la llamada “Gran Consulta por Colombia”, la senadora del Centro Democrático, Paloma Valencia, se alzó con la victoria al obtener 3.236.296 votos dentro de una consulta que en total sumó 8.308.493 sufragios entre nueve aspirantes.


El resultado le aseguró la candidatura presidencial para las elecciones de 2026, pero también abrió una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto esos votos son realmente transferibles a la campaña presidencial?


En principio, la cifra luce prometedora. Si se suman los votos de la consulta ganada por Valencia con el caudal que podría aportar su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, el bloque inicial que la respalda alcanza 4.491.796 votos. En términos políticos, es un punto de partida nada despreciable.

Sin embargo, la matemática electoral rara vez funciona como una suma automática de voluntades. La primera señal de alerta proviene del comportamiento del electorado dentro de la misma consulta. Un fenómeno inesperado fue la votación alcanzada por Juan Daniel Oviedo, quien, pese a tener una trayectoria política relativamente corta, obtuvo 1.255.510 votos, equivalentes al 17,7 % del total de la consulta.

Su resultado no solo sorprendió a analistas y partidos, sino que evidenció la existencia de un electorado
propio, posiblemente más independiente de las estructuras tradicionales del Centro Democrático.


La pregunta, entonces, es inevitable: ¿esos votos migrarán naturalmente hacia la candidatura de Paloma Valencia? La experiencia política colombiana sugiere que no necesariamente. Los votos en una consulta interna suelen ser coyunturales y, en muchos casos, responden más a simpatías personales o a momentos políticos específicos que a una adhesión automática al ganador.


El problema se agrava si se observa el comportamiento de los demás candidatos de la consulta. Entre los otros seis aspirantes derrotados se acumulan 3.816.697 votos, una cifra considerable que, en teoría, debería fortalecer la candidatura de Valencia, pero la política no es solo aritmética; también es reconocimiento, negociación y construcción de consensos.


Ahí aparece otro elemento de incertidumbre. El excandidato Juan Carlos Pinzón, quien ya dijo que se retira de la política, dejó en el aire el compromiso de trasladar su caudal electoral hacia la candidatura vencedora. En política, cuando un líder decide apartarse o toma distancia, sus votantes no necesariamente siguen un rumbo predeterminado.


Algunos pueden dispersarse hacia otras campañas; otros, simplemente, abstenerse. En ese contexto, el desafío para Paloma Valencia no será solamente conservar los votos obtenidos en la consulta, sino transformarlos en una coalición real y funcional.


Para lograrlo necesitará algo más que la legitimidad que le otorgó la victoria interna: requerirá integrar políticamente a quienes compitieron con ella, ofrecer espacios de participación y, sobre todo, construir un discurso capaz de seducir a los votantes que no se sienten plenamente identificados con el Centro Democrático.


Porque, en últimas, la elección presidencial no se gana dentro de un partido, sino en el país entero. Y ahí es donde la cifra inicial de 4,4 millones de votos puede convertirse tanto en una plataforma sólida como en un techo difícil de superar.


La gran incógnita, por tanto, no es si Paloma Valencia ganó la consulta, eso ya ocurrió, sino si será capaz de convertir ese triunfo interno en una mayoría nacional, y esa, más que una operación matemática, es una prueba de liderazgo político.

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