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ARRÁZOLA, CON ÍNFULAS DE IMPONER UNA TEOCRACIA CRIOLLA

Por Álvaro Morales De León

Con ocasión del asesinato del Ayatolá Alí Jamenei, el Jefe Supremo del Gobierno eocrático de Irán, en Cartagena, el Pastor Miguel Arrazola, fundador con su esposa María Paula, en 1998, de la Congregación religiosa protestante “Rios de Vida”, aprovechó los tiempos electorales que estamos viviendo para decirle a sus feligreses, a los que le creen, que “Abelardo de la Espriella es un enviado de Dios”, induciendo a sus
fieles a que voten por él como candidato a la Presidencia de la República de Colombia, lo cual en el Código Electoral electoral es considerado como delito y se le conoce como constreñimiento al elector; constreñimiento que sobradamente debe venir ejerciendo a favor de su hermana Marta, candidata a la Cámara de Representantes por Bolívar en representación del Centro Democrático, el partido de los uribistas y de Uribe.

No es la primera vez que Arrázola “mete sus narices” en la política, antes ya lo ha echo, y siempre ha sido motivo de controversias por convertir el púlpito religioso en tarima electoral al punto que candidatos en campañas políticas acuden a su recinto religioso buscando ser “santiguados” o “ungidos” por él para que les vaya bien en las elecciones, creyendo, como tontos, en sus “superpoderes espirituales”, los cuales el
Pastor concede a cambio de “generosas ofrendas para el Templo”.

Campo Elias Teherán, lo hizo; hasta Dumek, ahora que es Alcalde de Cartagena también fue donde
él, pero además, en una de estas idas de Dumek, Arrázola quedó “enganchado” como “asesor espiritual” del hoy Alcalde.


En medio de la agitación política que vive Colombia, vuelve a abrirse un debate incómodo pero necesario: ¿hasta dónde puede llegar un llamado líder religioso cuando decide intervenir de manera directa en la contienda electoral? El caso del pastor cartagenero Miguel Arrázola, reaviva esta discusión con fuerza.


En recientes pronunciamientos, el pastor habría manifestado que en las presidenciales del 31 de mayo se debe votar por Abelardo de la Espriella, asegurando que tal decisión responde a una revelación divina y que el candidato sería “el escogido por Dios”.

Más allá de simpatías ideológicas, la pregunta de fondo no es a quién apoya, sino bajo qué argumentos lo hace y qué implica para la libertad de conciencia de quienes lo escuchan cada domingo.


En el actual régimen iraní, religión y poder político se entrelazan de manera estructural. En Colombia, aunque el marco institucional es distinto, la instrumentalización del discurso religioso para influir en decisiones democráticas plantea interrogantes sobre la salud del pluralismo.

El problema no radica en que un pastor tenga opiniones políticas, tiene derecho a tenerlas como cualquier ciudadano, el problema es la utilización del púlpito para presentar esas opiniones como designios divinos incuestionables. Cuando la fe se convierte en herramienta de movilización partidista, el Evangelio corre el riesgo de transformarse en consigna ideológica.

Y cuando eso ocurre, la religión deja de ser espacio de encuentro espiritual para convertirse en maquinaria de poder.


La historia reciente demuestra que la mezcla de fe y política rara vez fortalece la democracia. Más bien la tensiona. Porque el voto debe ser fruto de reflexión personal, no de obediencia espiritual. Porque la conciencia no puede delegarse. Y porque ninguna interpretación religiosa debería erigirse como certificado de legitimidad electoral.


La pregunta final no es hasta cuándo un pastor seguirá dando directrices políticas, sino hasta cuándo los ciudadanos permitirán que su fe sea utilizada como instrumento de presión. La democracia exige creyentes libres, no rebaños cautivos.

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