EL HOSPITAL DE CANAPOTE Y EL CULTO AL EGO
Por Alvaro Morales de León.
Se desinforma diciendo que transcurrió una década de abandono para que este 13 de enero se hiciera una inauguración, a “medio pelo”, del Hospital de Canapote, en Cartagena, por parte del alcalde de la ciudad, Dumek Turbay. Y la gente desinformada se traga esta “carreta”. Si fuera una década estaríamos hablando del año 2016, tiempos de Manolo Duque, y eso no es así porque Manolo no sirvió sino para comprar pechugas a 40.000 pesos.
El verdadero abandono de la obra de construcción y dotación del Hospital de Canapote data de los tiempos en que Nicolás Curi fue alcalde de Cartagena por tercera ocasión, y eso ocurrió hace 21 años, entre el 8 de diciembre de 2005 y y el 31 de diciembre de 2007.
A Curi Vergara, después de este tercer mandato, le siguieron como Alcaldes, Judith Pinedo (La Mariamulata), Campo Elías Terán Dix, Manuel Vicente Duque. Entre ellos estuvieron como alcaldes encargados, Sergio Londoño, Yolanda Wong, Pedrito Pereira y Bruce Mac Master.
A este lote de alcaldes elegidos, encargados y designados, posteriores al tercer mandato de Curi, y antes del alcalde Dumek Turbay, son a los que hay que responsabilizar y cargar toda la culpa por el abandono del Hospital de Canapote.
Entonces, no es una década de abandono la que tuvo el Hospital de Canapote, fue un tiempo de unos 21 años de retrasos, de promesas incumplidas y de silencios administrativos. La ciudad por fin ahora ve levantarse una infraestructura largamente esperada. Sin embargo, lo que se inaugura no es un hospital en funcionamiento, sino una edificación medianamente dotada, sin personal, con pacientes solo para la consulta externa, el único servicio en funcionamiento.
En otras palabras, es un hospital sin alma, porque tampoco la urgencia está en funcionando, y el
personal operativo no ha sido contratado.
El acto protocolario, no obstante, fue presentado como una gesta histórica. El discurso oficial, amplificado por redes sociales y canales institucionales, exaltó la figura del alcalde como el gran redentor de una obra maldita, como si el solo hecho de terminar un cascarón justificara una narrativa épica. Hubo aplausos, abrazos, frases grandilocuentes y, sobre todo, una cuidadosa puesta en escena del gobernante como protagonista absoluto. Los llamados “baños de rosas” no se hicieron esperar.

Aquí surge el primer problema de fondo: el culto a la personalidad financiado con recursos públicos. Cuando un servidor público convierte cada acto administrativo en una ceremonia de autoelogio, desdibuja la esencia misma del servicio público. Gobernar no es protagonizar, ni administrar, es sinónimo de a autopromocionarse. Mucho menos cuando se trata de obras inconclusas, parciales o heredadas de administraciones anteriores.
¿Por que conviene recordarlo? Porque el Hospital de Canapote no nació en el actual gobierno. Es una obra con un largo y accidentado historial de responsabilidades compartidas, errores acumulados, negligencias sucesivas y omisiones estructurales del Estado local. Presentar su reapertura parcial como una hazaña personal no solo es históricamente impreciso, sino éticamente cuestionable. La ciudadanía no necesita relatos heroicos; necesita resultados concretos.
Más grave aún es el mensaje implícito que se transmite: parecería que levantar muros es más importante que garantizar servicios. Un hospital no es un monumento urbano ni una escenografía política. Es un sistema vivo que solo funciona cuando hay equipos, medicamentos, médicos, enfermeras, insumos y gestión eficiente.
La exaltación excesiva del alcalde en este tipo de eventos también revela una peligrosa confusión entre gestión y vanidad. La política del aplauso fácil, del video emotivo y del discurso inflamado puede ser efectiva en redes sociales, pero resulta ofensiva para una ciudadanía que conoce la precariedad del sistema de salud cartagenero. Celebrar una obra incompleta, como si fuera la solución definitiva, raya en la propaganda.

No se trata de negar avances ni de restar mérito a la reactivación de una obra abandonada. Se trata de exigir proporcionalidad, honestidad narrativa y respeto por la inteligencia ciudadana. Gobernar implica reconocer procesos, no apropiarse de ellos; implica continuidad institucional, no borrón y cuenta nueva con cada administración.
Además, el uso recurrente de inauguraciones simbólicas, edificios sin operar, proyectos sin ejecutar plenamente, promesas vestidas de logros, termina erosionando la confianza pública. Cada cinta cortada sin resultados tangibles alimenta el escepticismo y profundiza la brecha entre discurso y realidad.
Cartagena no necesita salvadores ni redentores. Necesita administradores sobrios, conscientes que los recursos públicos no son un escenario para el lucimiento personal. La ciudad arrastra déficits históricos en salud, educación, infraestructura y equidad social que no se resuelven con actos protocolarios ni con discursos emotivos.

El verdadero liderazgo se demuestra cuando las obras funcionan, no cuando se anuncian; cuando los hospitales atienden, no cuando se fotografían; cuando los ciudadanos sienten mejoras reales, no cuando son espectadores de una puesta en escena política.
Tal vez ha llegado el momento de recordar una verdad básica, pero olvidada: el poder público no es un espejo para el ego, sino una herramienta para servir. Y en una ciudad con tantas urgencias como Cartagena, los “baños de rosas” resultan un lujo innecesario y una falta de respeto para quienes siguen esperando, no edificios, sino atención digna y efectiva.
Porque al final, un hospital vacío puede inaugurarse; la dignidad ciudadana, no.
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