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Gabriel García Márquez y el mes de agosto

Por Manuel Medrano

Empecé en el mundo del periodismo sin ninguna pretensión. Ya estaba escrito en el libro de los dioses que saben de antemano cuál será nuestro destino. Comencé sin presentir que me iba a enamorar de la radio con tanta pasión, que hasta hoy me sorprende cuando a mi memoria llegan de visita los recuerdos de mis padres y hermanos. Nunca pasó por mi mente que terminaría atrapado por una actividad que me proporcionara tanta dicha.

Sin ninguna experiencia, el destino me arrastró a la parte más difícil: un programa de radio en la provincia. Allí dirigía, comentaba y entrevistaba a personajes de la música, la política, la literatura y líderes comunales. De repente, el programa empezó a escucharse en la gran capital.

Un día se me presentó Hernando Benavides Manjarrés, economista enamorado de la radio y el periodismo. Después de presentarse, me presentó a su acompañante: el nuevo narrador de fútbol que el circuito Todelar había contratado para competir con Caracol Radio y RCN en Cali. Se trataba de Paché Andrade, un tumaqueño bien formado, educado en Medellín, hombre inteligente y preparado que además era músico y cantaba boleros. Desde entonces nació una gran amistad que nutrió mi profesión y cambió el rumbo de mi programa en Radio Palmira.

Operación M2 se transformó en un espacio de entrevistas. Cada sábado, por Radio Palmira a las 4 de la tarde, desfilaban artistas que actuaban en el Hotel Intercontinental de Cali: Roberto Ledesma, Joe Quijano, Lolita de España, Claudia de Colombia, Omar Rayo —famoso pintor y escultor—, escritores y la Negra Grande de Colombia, entre otros. También pasaron por allí figuras como Ronald Ayazo. Pero nunca pude entrevistar a Rubén Blades ni a Gabriel García Márquez.

Con el cantautor panameño Rubén Blades alcancé a hablar por teléfono, pero nunca logró llegar al programa. Con Gabriel García Márquez puse todo mi empeño. Hablé con su hermano Jaime después de entrevistarlo, asistí a una convocatoria de la Fundación Nuevo Periodismo —creada por el Nobel y dirigida por Jaime Abello Banfi—, quien me advirtió lo difícil que sería conseguir una entrevista con el genio de Aracataca.

Seguí mi camino haciendo entrevistas en la radio, que luego publicaba en el periódico El Pueblo de Cali. Conversé con Roberto Torres, el hombre que triunfó con Caballo Viejo y Para que aprendas, y continué esperando el encuentro con el Nobel mientras devoraba todo lo que publicaba, incluso la célebre entrevista El olor de la guayaba que le hizo su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, a quien sí pude entrevistar.

Para mí, todo lo que escribía Gabriel García Márquez era genial, desde antes de que la fama le cayera encima. Antes de terminar este recuento, quiero compartirles un segmento del libro Gabriel García Márquez, un genio de muchos rostros del escritor y periodista cultural colombiano Orlando Oliveros (pág. 30):

“Tal vez fue en aquel viaje cuando agosto se convirtió en un talismán.
Abundan los hitos ocurridos en el octavo mes del calendario gregoriano. El primer premio literario importante que García Márquez ganó lo recibió el 8 de agosto de 1954 (el concurso de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas de Colombia), y su primer hijo, el cineasta Rodrigo García, nació el 24 de agosto de 1959.
Hay amistades significativas que no habrían sido iguales si a julio le siguiera septiembre: el mexicano Carlos Fuentes, que Gabo conoció en agosto de 1962 en la sede de la compañía productora de cine de Manuel Barbachano Ponce; el peruano Mario Vargas Llosa, a quien vio en persona el 1 de agosto de 1967 en el aeropuerto de Caracas; el expresidente español Felipe González, entrevistado por Gabo y otros periodistas de la revista Alternativa en agosto de 1977; y el guerrillero sandinista Edén Pastora, a quien estrechó la mano el 25 de agosto de 1978 en un campamento en Panamá.
De todos estos agostos, los de 1966 y 1967 quizás sean los más determinantes. En agosto de 1966, García Márquez y su esposa Mercedes Barcha entraron a una oficina de correos en Ciudad de México para enviar a Francisco Porrúa, editor de la Editorial Sudamericana, el manuscrito definitivo de Cien años de soledad. Exactamente un año después, ya con el libro publicado, viajó a Buenos Aires y recibió una ovación inesperada durante una obra de teatro en el Instituto Di Tella. El escritor argentino Tomás Eloy Martínez describió ese instante como el momento preciso en que ‘la fama bajó del cielo’ para caer sobre García Márquez.”

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