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LO QUE FALTABA: XENOFOBIA INTERNA EN CARTAGENA

Por Álvaro Morales de León

En Cartagena, ciudad que se vende al mundo como símbolo de mezcla cultural y diversidad, persiste una contradicción dolorosa: la discriminación hacia los suyos. Esta paradoja se hace
evidente en la forma en que algunos barrios rechazan a las familias desalojadas del antiguo Chambacú, ese pedazo de historia que desapareció entre la presión inmobiliaria y los proyectos
de renovación urbana.


Durante años, Chambacú fue estigmatizado como un cinturón de miseria que afeaba la postal turística de la ciudad amurallada. Sus habitantes —en su mayoría afrodescendientes y
trabajadores informales— cargaron con el estigma de vivir en un lugar que, para las élites y buena parte de la clase media cartagenera, simbolizaba atraso y delincuencia. Y cuando las
retroexcavadoras borraron el barrio, el prejuicio permaneció intacto, viajando con las familias hacia los lugares de reubicación.


Hoy, esas comunidades se enfrentan a una xenofobia que no cruza fronteras nacionales, sino barriales. En Cartagena no hace falta ser venezolano, haitiano o africano para sufrir rechazo:
basta con ser “chambaculeros”. Esa palabra, que debería ser identidad y pertenencia, se ha convertido en un insulto. “Traen inseguridad”, dicen algunos vecinos; “bajan el estrato del barrio”,
murmuran otros. Detrás de esas frases se esconde una vieja herida: el racismo estructural que la ciudad arrastra desde la Colonia, maquillado ahora bajo argumentos de orden y convivencia.
Lo más preocupante es que este fenómeno ocurre en una ciudad que presume de su herencia afrodescendiente mientras levanta murallas invisibles contra sus propios hijos. Cartagena se
vende como capital de la diversidad, pero niega el derecho a la ciudad a quienes crecieron a su sombra, a pocos metros de las murallas que hoy visitan turistas del mundo entero.


La exclusión de los antiguos habitantes de Chambacú no es un problema de espacio físico, sino de mentalidad social. Podemos reubicar familias, construirles casas, prometerles servicios, pero mientras se les siga viendo como “otros”, la integración será una utopía. Y es allí donde Cartagena tiene una deuda pendiente: no basta con la infraestructura, se necesita pedagogía, diálogo y reconciliación comunitaria.


Las ciudades no se construyen solo con cemento y ladrillo. Se edifican con memoria, con inclusión y con justicia social. Y en ese sentido, Cartagena le debe a Chambacú no solo un lugar en su geografía urbana, sino un reconocimiento en su historia de ciudad.


La xenofobia local nos recuerda que los muros más difíciles de derribar no son los de piedra coralina, sino los que levantamos en la mente. Si Cartagena quiere ser, de verdad, la ciudad
incluyente que pregona en los folletos turísticos, debe empezar por reconocer a los suyos, porque no hay destino más cruel para una ciudad que expulsar a sus propios hijos y condenarlos a ser extraños en su propia tierra.


Pero esta xenofobia contra “los chambaculeros”, dentro de la misma ciudad, la generó el propio alcalde de Cartagena, Dumek Turbay, por adelantar un proceso de desalojo, o de reubicación,
como lo llama él, muy mal llevado, improvisado y por demás, agresivo y atropellador contra los pocos que quedaron, o de los que regresaron a los terrenos del antiguo Chambacú.

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