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DESTILARON HIEL

Por. Álvaro Morales de León.

Lo que el pasado 20 de julio presenciamos en el Salón Elíptico del Capitolio Nacional, como réplica de la oposición al discurso de instalación del último período legislativo del Congreso por parte del presidente Gustavo Petro, resulta indescriptible. La magnitud de lo ocurrido dejó a muchos sin palabras, al punto que incluso Lidio García Turbay, el nuevo presidente del Senado, en una entrevista radial, afirmó que en toda su trayectoria como congresista jamás había presenciado algo semejante. La réplica en cuestión, en la que lo único que les faltó a quienes tomaron la palabra en nombre de la oposición fue recordarle al Presidente a su querida madre, refleja un nivel de agresividad y falta de respeto que, sinceramente, resulta difícil de comprender. Y es que, en esa noche de la Independencia en el Capitolio Nacional, la oposición emitió expresiones que desestabilizan emocionalmente a cualquiera que pueda percibir y comprobar cómo en ciertas personas, como en estos congresistas opositores al gobierno, reside toda la capacidad para expresar odio visceral e infamias, infundiendo ruindad y maldad contra una figura de la máxima autoridad del país, de la forma más grotesca.

Estas palabras, completamente inaceptables por parte de los congresistas en contra del presidente Petro, salieron de la boca de figuras como Lina Garrido, representante a la Cámara por Arauca y militante de Cambio Radical, así como de Paloma Valencia, senadora por el Cauca y del Centro Democrático. Ambas, al igual que otros congresistas, parecen no entender —o no querer entender— que las réplicas no son insultos ni improperios, ni mucho menos ataques irrespetuosos a la figura del Presidente. La réplica es, y ellos lo saben, la respuesta o crítica fundada en argumentos válidos y en la libertad de opinión, que puede darse horas o días después del discurso, con el fin de fundamentar de manera sólida y evitar caer en calumnias, injurias o falsedades.

Llamar “traqueto” al Presidente cara a cara, decirle que en campaña se disfrazó de todo —desde ambientalista, pacifista, demócrata—, que solo le faltó cambiar de color, y acusarlo de haber usado a Francia Marquez —líder de las negritudes— para obtener votos, y que luego la traicionó y la desprecia, o que es un cobarde que no se atreve a sostener la mirada, solo puede salir de la boca de una persona como Lina María Garrido, una senadora araucana del Partido Cambio Radical que llegó a su curul con escasos 10.500 votos, los cuales consiguió con el apoyo político de un exgobernador de su departamento, José Facundo Castillo, condenado a 11 años de prisión por delitos contra la administración pública.

Es oportuno aprovechar esta ocasión para sugerir que, en este nuevo período de sesiones del Congreso, algún congresista considere modificar en el Estatuto de la Oposición el reglamento referente a las réplicas en las sesiones legislativas. La idea sería que estas se hagan con la decencia, el respeto y la altura que la dignidad del cargo exige. No puede ser que cualquier persona, sin mérito ni respeto, tenga la oportunidad de despotricar sin medida contra la figura del Presidente de la República. Las réplicas deben realizarse con fundamentos sólidos y en un marco de respeto institucional, evitando que se conviertan en espacios de insultos o ataques personales.

Tras este bochornoso espectáculo protagonizado por Lina Garrido, muchos comenzaron a recordar la decencia, el decoro, la altura y la cultura al hablar de grandes congresistas del pasado, como Jorge Eliécer Gaitán, Laureano Gómez, José Ignacio Vives Echeverría (“Nacho” Vives), Roberto Gerleín Echeverría, Luis Carlos Galán Sarmiento, y también del actual Presidente, Gustavo Petro. Esto evidencia cuán bajo ha caído el nivel del debate político en nuestro país.

Finalmente, la pregunta que ronda en la opinión pública es: ¿quién impulsó o asusó a la desconocida representante de Arauca, Lina Garrido, para que insultara e irrespetara al Presidente? La respuesta a esta interrogante aún está por conocerse, pero lo cierto es que este tipo de comportamientos solo contribuyen a profundizar la polarización y a disminuir la calidad del debate democrático en Colombia.

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