CÓMO DUELE LA PARTIDA DE MARINO ANGELONE A LA ETERNIDAD
Por Manuel Medrano Barragán

Me trasladé a Cali, la capital del Valle del Cauca, tras finalizar el bachillerato en el reconocido Liceo de Bolívar en Cartagena. Al regresar a la casa de mis padres, Ángel Medrano y Bertha Barragán, en Berrugas, un corregimiento de San Onofre en el Golfo de Morrosquillo, me sentí un poco desorientado.
Siendo el mayor de cuatro hermanos, mis padres celebraron mi graduación con orgullo, pero me aclararon que no contaban con recursos para continuar mis estudios universitarios, ya que deseaban que mis hermanos también finalizaran su educación. Así, decidí buscar otro rumbo y, con el corazón apesadumbrado, dejé a mi familia para buscar trabajo.
Tuve la fortuna de recibir una oferta de un sacerdote de San Onofre que representaba al Ministerio, quien me otorgó un puesto como maestro en el único colegio del corregimiento de Pajonal. Acepté la oferta y me mudé a un pueblo donde la gente era amable y trabajadora, enfocada en la ganadería y la agricultura. Sin embargo, enfrenté un desafío: muchos estudiantes no asistían a la escuela.
Para abordar este problema, visité a los padres en sus hogares para explicarles la importancia de la educación. Algunos jóvenes trabajaban en las fincas familiares, así que actué como un auténtico misionero, sensibilizando a las familias campesinas sobre la necesidad de enviar a sus hijos a la escuela. Para motivar a los chicos, formé equipos de fútbol y béisbol, lo que resultó en un aumento en la matrícula de la Escuela de Pajonal.
Después de dos años como maestro, decidí dar el paso hacia mis estudios universitarios. Solicité una licencia a la Secretaría de Educación del Departamento de Sucre y regresé a Cali, donde la ciudad se preparaba para los Juegos Panamericanos de 1971.
Trabajé como vendedor de libros puerta a puerta y, además, administré discotecas, incluida el Centro Turístico Agua Clara en Palmira, la segunda ciudad del Valle. Ahí tuve la oportunidad de traer artistas reconocidos como Olimpo Cárdenas, Alci Acosta, Los Graduados de Gustavo Quintero, Daniel Santos y Celia Cruz, presentándolos en el escenario.
Un día, en un auditorio, Fernando Urbano, director de Radio Palmira, se acercó a mí y proclamó: “Tu voz debe estar en la radio”. Sorprendido, acepté su propuesta y así ingresé al mundo de la radiodifusión. Fernando creó un programa llamado Operación M2 y me puso al frente, impulsándome incluso sin experiencia previa en radio.
Trabajé en varias emisoras de Cali, como RCN y Caracol, y pronto fui reconocido como la Voz Revelación de la Radio en el Valle del Cauca. Escuchaba y aprendía de grandes maestros como Fernando Franco García, Joaquín Marino López, Dr. Ricardo Alarcón, Mario Alfonso Escobar y Óscar Rentería.
Luego ingresé a Radio Color de Cali, bajo la dirección de Jaime Echeverri Loayza, una de las mejores voces de Colombia. Tras cuatro años, conocí a Bernardo Tobón de la Roche, dueño del Circuito Todelar, quien me nombró administrador de Todelar Cartagena. Allí, dirigí La Voz de las Antillas y Radio Vigía, y más tarde, Radio Ciudad de Cartagena gracias a Willi Vargas.
Tomé unas vacaciones y regresé a Santiago de Tolú. Allí, mi amigo, el Dr. Tulio Villalobos Támara, me presentó a los dueños de Radio Chacurí, y su gerente, Marino Angelone, me recibió con cordialidad.
Trabajamos en armonía; Marino era un hombre excepcional: profesional, íntegro y solidario. Su partida me causa tristeza, y le pido a Dios fortaleza para su noble esposa, Pilar, y su hijo, Marino.
Marino, tu legado vivirá. Tu voz, tu calidez y tu ejemplo perdurarán en quienes tuvimos el honor de conocerte. Nunca te olvidaré.
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