DESBORDADOS FUNERALES
Por Alvaro Morales de León
Como no queriendo aceptar lo ineludible, la muerte, pensábamos que con los doce días que mantuvieron paseando y haciéndole culto al inerte cuerpo de la difunta Reina Isabel II, lo habíamos visto todo; pero no ha sido así, a fecha del jueves 28 de septiembre del presente 2023, las honras fúnebres de Fernando Botero con 14 días de trasteo de su inmóvil cuerpo ya supera a la finada Monarca inglesa.
Estos estilos de funerales reservados para grandes personajes, también, y a través de los tiempos, lo vienen realizando culturas ancestrales, como la palenquera, donde a su manera, y de acuerdo al rito funerario del Lumbalú duran algún tiempo en una especie de “celebración y duelo por el alma del fenecido miembro de su etnia.
Con el rito funerario del Lumbalú, heredado de la africana Angola, los palenqueros, inicialmente velan durante veinticuatro horas al muerto, para luego enterrarlo y continuar durante nueve noches con danzas, y cantos autóctonos del Lumbalú.
Durante estas nueve noches honran el alma del difunto, porque para ellos, además, durante los nueve días siguientes al fallecimiento de la persona, el alma del difunto regresa dos veces al día a su casa, a las seis de la mañana y a las cinco y treinta de la tarde, horas que la comunidad espera para ofrecer el Lumbalú por el expirado; tradición que la Unesco ha considerado como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad.
Al Lumbalú hay que ir como a un velorio: con la ropa adecuada, preferiblemente blanca, y con una vela para encendérsela al muerto.
También la tradición Wayuú entierra a sus difuntos según el lugar donde haya muerto la persona. Si la muerte ocurrió en un lugar diferente al territorio de origen del difunto, se enterrará dos veces. La primera en el lugar donde ocurrió el fallecimiento, y la segunda en el lugar de origen del finado; eso sí, en los dos casos, antes de poner el cuerpo del fallecido en el ataúd, es rociado con “chirrinchi”. Muchos son los rituales funerarios que en Colombia existen de acuerdo a cada etnia o confesión religiosa.
La verdad es que, para todas las culturas del mundo, desde la cultura de los reyes, hasta la cultura de los aborígenes, prácticamente se enmarcan en la no aceptación de lo más seguro que tenemos en nuestras vidas, la muerte.
De seguro que los trabajos tanato-estéticos, con los que se maquilló, se arregló y se restauró la parte estética del cadáver de Fernando Botero, así como la aplicación de los apropiados métodos para su conservación, al mejor estilo como lo practicaban los egipcios de la antigüedad, buscaron tenerlo por unos cuantos días más, aunque sin vida, como también lo hicieron con las prolongadas honras fúnebres de la Reina Isabel II.
Muchos son los textos bíblicos que hablan, desde la antigüedad, sobre la vida, la existencia y sobre la muerte, tanto en el campo espiritual, así como en el campo de lo material.
El libro del paciente Job dice en uno de sus capítulos: “Los días del hombre ya están contados…la vida tiene un límite que no se puede traspasar.
Inspirado por Dios, el Salmista escribió en el Salmo 90: “Los días de nuestra edad son setenta años; y ochenta para los más fuertes y saludables…pronto pasan y volamos”
Y siguen “Las Escrituras”, diciendo en el capítulo nueve de la epístola a los Hebreos, “…está establecido para los hombres que mueran una sola vez,….
Entonces, ¿por qué nos negamos a aceptar lo ineludible, la muerte?
Me tomé el trabajo de investigar cuantos kilómetros separan a Mónaco, lugar de muerte del Maestro Botero, de Bogotá, y encontré que por trayecto son 8.971 kilómetros que se vuelan en 13 horas; largo, dispendioso e “inhumano” recorrido para que todos los que se dan de cultos se muestren, con sus mejores vestidos, con manifestaciones de supuesta lamentación por el finado que yergue casi congelado en su reforzado cofre.
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