ECOS DEL ACTO DE POSESIÓN PRESIDENCIAL
Por Alvaro Morales de León
Si alguien esperaba que la posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia fuera un acto solemne, republicano y ajustado a la majestad de la institución presidencial, seguramente salió de la Universidad Santiago de Cali con una conclusión istinta: aquello se pareció más a una producción teatral con ingredientes religiosos, militares, musicales y políticos que a una ceremonia de Estado. El libreto, eso sí, tuvo
un protagonista indiscutible: al Abelardo.
El acto comenzó con retraso, mientras los invitados nacionales e internacionales iban ocupando sus lugares. Entre ellos, naturalmente, no estuvieron los expresidentes Ernesto Samper y Juan Manuel Santos. No fueron invitados, según parece, porque al nuevo mandatario no le dio la gana, producto de su petulancia y arrogancia. Una decisión que puede calificarse de muchas maneras, pero que difícilmente puede
esconder su evidente carga de irrespeto.
Porque una cosa es tener diferencias políticas y otra muy distinta creer que la residencia de la República es una finca particular donde el dueño de la casa decide quién entra y quién no. Pero apenas comenzaba la función teatral cuando Álvaro Uribe, el ex presidente, apareció en el escenario y el auditorio se vino abajo en aplausos y hasta muchos se pusieron de pie; también estuvo presente la pandilla de los “Fachos”, como llaman a los nuevos fascitas. Estvo Bukele, Milei, Mulino, Santiago Peña de Paraguay; Nasry Asfura, de Honduras, el de Chile, José Antonio Kast; y hasta Giani Infantino, que no se sabe si fue en representación de Trump.
Después vino el Himno Nacional, y ahí empezó el desconcierto. Maía, la cantante barranquillera contratada para interpretarlo, no tuvo precisamente su mejor presentación. La interpretación fue desafinada y, para completar el episodio, apenas llegó hasta la primera estrofa. En una ceremonia presidencial, donde el Himno debería escucharse con respeto y solemnidad, aquello terminó pareciendo otro ingrediente del
espectáculo circense.
Pero lo verdaderamente insólito estaba reservado para después. Llegó el momento eligioso. Rabino, cura y pastor subieron al escenario. Todo parecía indicar que el nuevo residente estaría allí, escuchándolos como corresponde, pero no. Se apagaron las luces y el Abelardo desapareció.
No fue un acto de magia. Simplemente había decidido marcharse al Cantón Militar Pichincha para cumplir su obsesión: hablar como presidente desde un escenario militar.
Mientras en el auditorio se desarrollaba la ceremonia religiosa, el posesionado estaba en otro lugar. Y lo más curioso es que quienes estaban en el escenario le hablaron a un residente ausente. El rabino, el cura y el pastor hicieron lo suyo. Hasta el pastor que intervino en la ceremonia y que terminó rebautizando al presidente del Congreso como Honorario”, pensó que el maleducado de Abelardo lo escuchaba. Todo esto ocurrió ientras Abelardo estaba ausente; y el pastor Eduardo Cañas, el del rebautizo al presidente del Senado, quizás esperaba que entre los asistentes estuviera sentado don Abelardo; pero no, Abelardo estaba en el Cantón Pichincha desde donde dio su discurso presidencial como él quería.
El discurso, de manera grotesca e irreverente, Abelardo no lo leyó ante los congresistas, ni ante los invitados nacionales e internacionales. Abelardo habló a los militares, frente a ellos, quienes indebidamente lo aplaudieron, istalado en el Cantón Militar Pichincha y los congresistas, invitados y representantes internacionales tuvieron que verlo por una pantalla. Qué manera de irrespeto a la institucionalidad
Un presidente de la República debería posesionarse ante las instituciones de la epública. Pero el nuevo mandatario pareció considerar que el escenario militar era más apropiado para su debut presidencial, y ahí está el verdadero problema. No es una simple cuestión de protocolo. Es una cuestión de símbolos.
La democracia tiene rituales porque los símbolos importan. El presidente no recibe el poder para hacer con él lo que quiera. Lo recibe dentro de unas instituciones y ometido a unas reglas.
Pero Abelardo pareció decirnos, desde el primer día: “Aquí las reglas las pongo yo”, y si esa fue la primera señal, habrá que estar muy atentos a las siguientes porque el discurso tampoco tranquilizó.
El nuevo presidente anunció su intención de avanzar en la explotación de petróleo ediante fracking. Y, al mismo tiempo, anunció una medida que seguramente será recibida con entusiasmo en los clubes sociales y directorios de las grandes fortunas:
quitarles a los más ricos de Colombia el impuesto al patrimonio.
Fracking para el subsuelo. Beneficios tributarios para los de arriba. Y para los de abajo, ¿qué? ¿Más impuestos? ¿Más inseguridad? ¿Más desigualdad? ¿Más sacrificios?
La pregunta no es maliciosa. Es inevitable porque cuando un Gobierno decide proteger el patrimonio de los más ricos mientras apuesta por una técnica de explotación petrolera controvertida por sus posibles impactos ambientales, los colombianos tenemos derecho a preguntar hacia dónde apunta realmente el nuevo proyecto de país.
La posesión dejó, entonces, varios ecos. El eco de los aplausos a Uribe. El eco de un Himno mal cantado. El eco de unos discursos religiosos dirigidos a un presidente ausente. El eco de un mandatario hablando desde un cuartel mientras el Congreso lo observaba por televisión. Y, sobre todo, el eco de unas primeras decisiones que parecen decirnos que los poderosos tendrán razones para celebrar.
Pero si la posesión fue una muestra de lo que viene, más vale que Colombia se vaya preparando, porque una cosa sí quedó clara en Cali: el nuevo presidente no llegó precisamente para pasar inadvertido. Llegó con uniforme simbólico, escenografía militar, espectáculo religioso, petróleo por fracking y regalos tributarios para los más ricos.
Así que, colombianos… ¡Agarrémonos!
