EL NOBEL DE MARÍA CORINA
Por Alvaro Morales de León.
La situación que en 1999 llevó a que Hugo Chávez llegara al poder presidencial en Venezuela
tuvo su origen en el cansancio que produjeron en el pueblo venezolano gobiernos
representados por presidentes de los Partidos Políticos AD-Acción Democrática y el Partido
Copei, ambos, Partidos de Derecha, que aunque realizaron grandes transformaciones en la
infraestructura de ese país, también fueron gobiernos donde predominó la corrupción, el
clientelismo, el enriquecimiento ilícito, manejo opaco de las rentas petroleras.
Para esos tiempos antes del chavismo, la riqueza se concentró en pocas personas, el gasto
público fue desmedido, el endeudamiento del país fue descomunal e irresponsable, el Bolívar
se devaluaba constantemente, la inflación subía, explotanto toda esta situación de malos
gobiernos en lo que ha conocido como “El Caracazo”, ocurrido en 1989, con represión y
muertes masivas, provocado por la imposición de un fuerte paquete de medidas económicas
impositivas durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez.
Por lo tanto, sin entra en defensa de Maduro, la critica situación que vive Venezuela, no se
debe únicamente a su Presidente actual, si así la quieren señalar algunos, se debe, la actual, al
bloqueo comercial al que la tiene sometida Estados Unidos, y a un pasado de gobiernos
corruptos; y si dijéramos o nos preguntáramos ¿Qué es lo que quiere María Corina Machado?,
la respuesta sería, el poder, así, simplemente el poder, y alredor de este anhelo ha construido
una figura de la oposición al gobierno de Nicolás Maduro.

A María Corina le han concedido el Premio Nobel de la Paz 2025, lo que ha generado una de
las discusiones más intensas de los últimos años en el ámbito internacional. No se trata
simplemente de un debate sobre simpatías o antipatías ideológicas, sino de una pregunta más
profunda: ¿qué acciones concretas por la paz, ya sea en Venezuela o en el mundo, justifican
semejante distinción?
La actitud de presunta valentía de María Corina, aunque admirable para algunos, no es
equivalente a la construcción de paz, al menos no en el sentido tradicional o estricto con el que
históricamente se ha otorgado el Nobel. La clave del debate está ahí. El premio no reconoce la
presunta defensa abstracta de la democracia; exige demostrar que esas acciones contribuyen a
la resolución pacífica de conflictos, a la reconciliación nacional, a la prevención de la violencia o
al fortalecimiento concreto de mecanismos de paz a nivel global.
¿Ha logrado María Corina Machado avances verificables en estas áreas? ¿Ha contribuido
directamente a la pacificación de Venezuela? ¿Ha impulsado acuerdos, promovido diálogos,
desescalado tensiones? La respuesta no es sencilla, pero los hechos obligan a matizar.
En primer lugar, María Corina es una figura profundamente divisiva. Su discurso, enérgico,
confrontacional, lejos de abrir caminos pacíficos, ha servido como combustible para la
radicalización del conflicto político venezolano. El Nobel tropieza aquí con un dilema: ¿cómo
premiar a una líder cuyo liderazgo no ha logrado reducir la polarización, sino que, en varios
momentos, la ha agudizado?
En segundo lugar, aunque Machado ha insistido públicamente en métodos pacíficos de protesta
y en la vía institucional, su historial político incluye declaraciones favorables a presiones
externas intensas, incluso aquellas que en ciertos contextos pudieran interpretarse como
llamados indirectos a intervenciones. La defensa de sanciones internacionales que afectaron
tanto al régimen como a la población civil es vista por algunos como una herramienta legítima
de presión diplomática, pero para otros entra en contradicción con los principios humanitarios
que usualmente acompañan a un Nobel de la Paz.
La pregunta es si esa visión, válida en términos teóricos, puede sostenerse de forma práctica
en un país donde no ha habido acuerdos duraderos, donde las negociaciones se han roto
repetidamente, y donde la oposición, aun unificada en ciertos momentos, no ha logrado
avances reales en materia de reconciliación, unificar a la oposición no es equivalente a unir al
país. Y la paz, entendida de manera integral, exige justamente eso: tender puentes, no sólo
consolidar un bloque político.
El premio también plantea una cuestión ética: ¿qué mensaje envía el Nobel al premiar la
resistencia democrática en un país donde esa resistencia no ha producido, hasta el momento,
transformaciones tangibles hacia la paz? No es la primera vez que el galardón se otorga más
como gesto simbólico o político que como reconocimiento de resultados concretos, ya ha
ocurrido con figuras en plena lucha contra dictaduras, pero eso no elimina las tensiones ni las
dudas sobre los criterios aplicados.
Finalmente, el Nobel de María Corina sigue sin responder completamente la pregunta original:
¿es suficiente la oposición de María Corina Machado al gobierno del presidente Nicolás Maduro
para un Premio Nobel de la Paz?
Quizá la polémica en torno al galardón no sea un error del comité, sino una oportunidad, algo
que obliga a reconsiderar qué entendemos por paz, cómo se construye y quiénes la encarnan.
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