EL ASUNTO NO ES “VIVA CRISTO REY”, SINO,LA MANIPULACIÓN DE LA FE
Por Alvaro Morales de León
El asunto no es si Abelardo de la Espriella cree o no cree en Cristo. Tampoco si es católico, evangélico o si, como ahora parece querer mostrar públicamente, profesa una profunda fe cristiana. Ese es un asunto estrictamente personal, protegido por la Constitución y que nadie puede cuestionarle.
El problema comienza cuando esa fe personal deja de expresarse como una convicción del ciudadano y empieza a utilizarse desde la investidura presidencial, en actos públicos y oficiales, mediante símbolos religiosos o expresiones que pueden terminar confundiendo las creencias particulares del gobernante con la representación institucional del Estado.
Desde su campaña política y ahora como Presidente de la República, Abelardo de la Espriella ha venido incorporando símbolos religiosos a sus actos públicos. Así ocurrió en el acto de su posesión presidencial. Y posteriormente ha empezado a cerrar sus discursos y actos de gobierno con una expresión inequívocamente religiosa: “¡Viva Cristo Rey!”
¿Puede Abelardo decir “¡Viva Cristo Rey!”? Por supuesto que sí. Como ciudadano, nadie puede impedirle rezar, acudir a un templo, portar símbolos religiosos, profesar una fe o expresar públicamente sus convicciones espirituales. La libertad religiosa es un derecho fundamental. Pero cuando Abelardo habla y actúa como Presidente de Colombia, la situación constitucional es diferente.
Colombia no es un Estado confesional. La Constitución de 1991 consolidó un Estado laico, basado en la libertad religiosa y de cultos, y estableció que todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres e iguales ante la ley. Esto significa que el Estado no puede identificarse con una determinada religión ni otorgarle una posición privilegiada frente a las demás.
Y precisamente por eso la libertad religiosa también encuentra límites cuando quien la ejerce lo hace desde una posición de autoridad pública.
No se trata de perseguir a los cristianos, ni de atacar a Cristo, ni de desconocer la importancia que la religión tiene para millones de colombianos. Mucho menos de censurar las creencias personales del Presidente. Se trata de algo bastante más elemental: el Presidente representa a todos los colombianos, incluidos católicos, evangélicos, judíos, musulmanes, miembros de otras confesiones, creyentes de distintas expresiones religiosas y también a quienes no profesan ninguna religión.
La Corte Constitucional ya se ocupó de este asunto.
En la Sentencia T-124 de 2021, el alto tribunal dejó una consideración que resulta particularmente pertinente: una cosa es la manifestación religiosa del funcionario como persona y otra muy diferente que, aprovechando su condición de autoridad pública, vincule al Estado con una determinada religión.
La Corte advirtió que los funcionarios públicos deben actuar con especial prudencia cuando se ocupan de asuntos religiosos, precisamente porque representan instituciones públicas y tienen el deber de respetar los principios de laicidad, neutralidad e igualdad religiosa.
Y la jurisprudencia no terminó allí. En la Sentencia SU-454 de 2025, la Corte volvió a precisar que los servidores públicos conservan plenamente su libertad religiosa, pero deben evitar asociar el ejercicio de sus funciones públicas con una determinada religión.
Por eso, el debate no debería reducirse a la expresión “¡Viva Cristo Rey!”. Tampoco a si resulta agradable o desagradable para alguien escucharla. El verdadero asunto es desde dónde se pronuncia, en qué contexto se pronuncia y qué significa cuando quien la pronuncia es el Presidente de la República.
Un Presidente puede tener fe. Lo que no debería hacer es convertir la Presidencia en púlpito, ni utilizar la solemnidad de los actos oficiales para proyectar la idea de que una determinada creencia religiosa representa al Estado colombiano.
La fe no necesita del poder político para existir. Cristo tampoco necesita del respaldo de un Presidente para tener creyentes.
Por eso, el asunto no es de “¡Viva Cristo Rey!”, ni de santos, ni de ateos. Es de límites constitucionales, de neutralidad del Estado y, sobre todo, de no manipular la fe desde el poder.
Un Presidente puede tener fe, pero no debería convertir la Presidencia en púlpito ni usar los actos oficiales para presentar una creencia como representación del Estado.
La fe no necesita del poder político. El asunto no es de “¡Viva Cristo Jesús!”, ni de santos ni de ateos: es de límites constitucionales, neutralidad estatal y no manipular la fe desde el poder.
Colombia no eligió un Presidente para una religión. Eligió un Presidente para todos.
