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…Y HABRÁ TERREMOTOS…”

Por Alvaro Morales de León

Con el famoso discurso del Monte de los Olivos pronunciado por Jesús poco antes de
su arresto, Jesús le respondió a sus discípulos lo que con preocupación les inquietó
cuando profetizó la destrucción del Templo de Jerusalen, y ellos, inquietos le
preguntaron: ¿y eso para cuando sería, Maestro?

Pero Jesús aprovechó su discurso del Monte de Los Olivos, así está escrito en los
Evangelios, para también profetizarle a sus discípulos, renunidos con él, cuales
serían las señales del fin del mundo, y las señales de su segunda venida. Les dijo,
como Profeta, que habría guerras, hambres, pestes, pero también les dijo que habría
terremotos en diferentes lugares de la tierra. Hoy frases bíblicas escritas por Los
Evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, parecen escritas para describir el presente
No es un calendario de catástrofes lo que voy a encadenar en este nota, pero basta
mirar lo ocurrido durante 2026 para comprobar que la Tierra, de vez en cuando, nos
recuerda que no somos sus dueños.


En lo que va del año, numerosos países han sufrido sismo que han producido
terremotos importantes. Algunos pasaron casi inadvertidos; otros dejaron muerte,
destrucción y ciudades enteras estremecidas. Y lo más inquietante es que los
terremotos no respetan fronteras, ideologías, riqueza ni gobiernos, y seguirán
ocurriendo.


En marzo de este 2026, Tonga y Vanuatu, dos países insulares situados en la región
de Oceanía, en el océano Pacífico Sur, muy lejos de Suramérica, aunque registraron
movimientos sísimicos de 7,5 y 7,3 grados y terremotos, no hubo ningún muerto
porque ocurren a gran profundidad bajo el mar, se localizan lejos de zonas
densamente pobladas y las construcciones locales son livianas,
En abril, Indonesia y Japón soportaron terremotos de 7,4 dejando más de 70
muertos.


Llegó el mes de junio, y el día lunes 8, un terremoto de 7.8 grados sacudió a
Filipinas dejando 82 muertos. Pasaron 16 días y entonces el turno fue para
Venezuela donde casi al mismo tiempo la tierra fue estremecida por dos sismos de
7.5 y 7.2 grados. Fueron dos movimientos telúricos que ocasionaron terremotos y
destrucción y que ocurrieron frente a la zona costera del norte del país, afectando,
principalmente, al Estado costero de La Guaira. La cifra de fallecidos ha llegado a
6.438.

Pero siguió la racha telúrica, y en el mes de julio el afectado fue México. Un sismo
de magnitud 7.4 ocurrió el día 17, con epicentro frente a las costas del Estado de
Chiapas. El movimiento telúrico, afortunadamente, no dejó víctimas mortales
registradas ni daños de consideración.


Pero agosto convirtió la estadística en tragedia, porque el lunes 10 de agosto, le tocó
a Colombia. Un sismo de magnitud 7.4, con epicentro en el departamento del Chocó,
sacudió la tierra y produjo por un terremoto cuyos dañinos efectos se extendieron
por buena parte del occidente del país. Por Cali, Pereira, Manizales, Quibdó y otras
poblaciones que sintieron y sufrieron la furia de una naturaleza que no pregunta
quién gobierna, quién votó por quién. El saldo es estremecedor, alrededor de 290
muertos, más de 4.200 heridos y más de 140 desaparecidos.


Cuatro días después, el 14 de agosto, Indonesia volvió a estremecerse. Un
terremoto de magnitud 7,7 golpeó el este del país dejando 70 fallecidos. Hubo
tsunami y múltiples réplicas; carreteras quedaron bloqueadas por deslizamientos y
miles de personas fueron desplazadas.


Ante este trágico balance cabe preguntarse, ¿está temblando más la Tierra? La
respuesta científica exige prudencia. La concentración de varios terremotos fuertes
en determinados períodos no significa que el planeta haya entrado en una especie
de convulsión extraordinaria. Los especialistas explican que estos agrupamientos
pueden formar parte de la variabilidad normal de la actividad sísmica.
Pero hay otra pregunta, mucho más importante: ¿estamos preparados? porque el
terremoto no mata por sí mismo. Mata el edificio que se desploma, la carretera que
se rompe, el hospital que pierde su capacidad de atender pacientes, el puente que
colapsa, la vivienda que se derrumba porque fue construida sin normas antisísmicas
y, sobre todo, la imprevisión.


Colombia debería tomar nota. Después de la tragedia del 10 de agosto, reconstruir
no puede significar simplemente volver a levantar lo que se cayó. Tiene que
significar construir mejor, reforzar lo vulnerable y revisar seriamente la
infraestructura crítica. La naturaleza es implacable. Tampoco anuncia con precisión
dónde ni cuándo golpeará.

Por eso, la advertencia de Jesús hecha a sus discípulos en su Discurso del Monte de
los Olivos conserva una vigencia estremecedora: «…y habrá terremotos…»

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