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ABELARDO Y SU GABINETE DE LOS NUNCA DE SIEMPRE

Por Alvaro Morales de León

Durante toda la campaña presidencial, el hoy presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, convirtió en uno de sus principales estandartes la promesa de gobernar con «los nunca»: aquellos colombianos que, según su discurso, jamás habían tenido la oportunidad de servir al Estado porque el poder siempre había estado secuestrado por las mismas familias, los mismos partidos y los mismos caciques políticos.

Era un mensaje seductor. Sonaba a renovación, a ruptura con la política tradicional y a una
verdadera revolución en la manera de conformar el Gobierno. Pero el poder tiene la mala costumbre de transformar los discursos y las promesas. Apenas comenzaron a conocerse los nombres de quienes integrarían su gabinete, la narrativa de los «nunca» empezó a derrumbarse como un castillo de arena. Lo que
prometía ser un gobierno de caras nuevas terminó pareciéndose a un álbum de viejas fotografías políticas, donde reaparecen los apellidos de siempre, los clanes de siempre y los protagonistas de siempre. No fueron los de nunca.

El primer campanazo lo dio el nombramiento de Rodrigo Lara Restrepo como ministro del Interior. Se trata de un político con una larga trayectoria pública: representante a la Cámara, senador, zar anticorrupción e integrante de una de las familias políticas del país que ha disfrutado del Estado. Es hijo del inmolado ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla y su esposa, María José Valenzuela, es bisnieta del expresidente Alfonso López Pumarejo ¿Ese esto uno de los «nunca»? Difícil sostener semejante afirmación La historia de los nominados continúa con los nietos de “El Monstruo”, el expresidente ultra conservador, Laureano Gómez. A uno de sus nietos, Miguel Gómez Martínez, Abelardo lo ha designado como Ministerio de Hacienda. Su apellido hace parte de la tradición política colombiana y, además, es hermano del senador Enrique Gómez Martínez, el presidente del Movimiento de Salvación Nacional, el Partido político que
avaló la candidatura de Abelardo.

Pero el parentesco familiar insatisfecho de burocracia logró que al mismo senador Enrique Gomez Martínez, el que le dio el aval a Abelardo, le nombraran su hijo, bisnieto de Laureano Gomez, Nicolás Gómez Arenas, jefe de Gabinete. El mensaje es claro: la meritocracia parece haber cedido el paso a la consanguinidad.

Y entonces aparece Elsa Noguera, figura ampliamente conocida en la política del Caribe colombiano, nominada como cuota del Clan Char como Ministra de Transporte. Tampoco “Elsita” como le dicen, es de “los nunca”, ella representa a los de siempre.

Desde Barranquilla también desembarca el exsenador Mauricio Gómez Amín, mientras desde Medellín llega la exsenadora uribista Paola Holguín para dirigir el Ministerio de Cultura. Dos dirigentes con amplio recorrido político que difícilmente pueden venderse como rostros inéditos o dirigentes excluidos del poder.
Como si el libreto de Abelardo no estuviera suficientemente escrito, el Ministerio de Vivienda recaerá en Jaime Beltrán, un experimentado «zorro» político cuya designación ya despierta controversias. Una decisión que, lejos de transmitir renovación, alimenta las dudas sobre la coherencia entre el discurso electoral y las primeras actuaciones del nuevo Gobierno. Jaime Beltrán no es ni tan “nadie” y llegará al gabinete con un pesado proceso penal a cuestas.


Resulta inevitable concluir que Abelardo de la Espriella terminó haciendo todo lo ontrario a lo que dijo en campaña, exactamente aquello que tanto criticó. Denunció la política de los apellidos, pero acudió a los apellidos. Prometió romper con las élites, ero terminó rodeándose de ellas. Juró abrirles las puertas del poder a quienes nunca abían llegado, pero las primeras llaves volvieron a quedar en manos de quienes
conocen esos pasillos desde hace décadas. En política, la coherencia es un patrimonio escaso. Se pierde cuando las palabras dejan de coincidir con los hechos. Y esa factura omienza a cobrarse desde el primer día.
Todavía no ha iniciado formalmente su mandato y ya aparece la primera gran grieta entre la esperanza sembrada en las plazas públicas para los que por él votaron, y la realidad de los nominados a nombramiento. Porque una cosa era hablar de «los nunca» para conquistar votos, y otra muy distinta era demostrarlo cuando llegó el momento de repartir el poder.


Al final, la pregunta no es si los designados tienen o no capacidades para ejercer sus cargos. La verdadera pregunta es otra: ¿qué quedó de aquella promesa de gobernar con ciudadanos distintos, ajenos a las maquinarias y a las dinastías políticas?


Hasta ahora, la respuesta parece demoledora. Abelardo no gobernará con los «nunca».
Abelardo gobernará, una vez más, con los nunca… de siempre.

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