PRIMER “TATEQUIETO” PARA EL TIGRE
Por Álvaro Morales de León
La elección de las mesas directivas del Congreso rara vez produce sorpresas. En la mayoría de los casos, los acuerdos políticos construidos durante meses terminan imponiéndose sobre las aspiraciones individuales; sin embargo, la jornada del 20 de julio de 2026 dejó una enseñanza política de gran significado: nadie, por poderoso que se considere, está por encima de las reglas no escritas que durante décadas han
permitido mantener un mínimo equilibrio en el funcionamiento del Legislativo.
Ese fue, precisamente, el primer gran «tatequieto» para Abelardo de la Espriella, «El Tigre», quien apostó buena parte de su capital político a imponer como presidente del Senado, a su amigo, el senador guajiro Alfredo Deluque, del Partido de la U. La apuesta terminó convertida en una derrota tan contundente como simbólica para Abelardo.
Concluidos los actos protocolarios de instalación del nuevo periodo legislativo, el Senado procedió a elegir su mesa directiva. La presidencia de la corporación, además de dirigir el Senado, convierte a su titular en Presidente del Congreso de la República, una de las dignidades más importantes del Estado colombiano.
Desde mucho antes de la votación, De la Espriella promovió activamente la candidatura de Alfredo Deluque. Sin embargo, esa aspiración chocaba con una tradición parlamentaria que, aunque no siempre está escrita en la ley, ha sido respetada durante décadas y corresponde a que el partido mayoritario dentro de la coalición de gobierno postule el nombre para ocupar la Presidencia del Senado.
En este caso, ese partido era el Centro Democrático, con 17 senadores, colectividad liderada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez, quien además fue uno de los principales respaldos políticos de De la Espriella durante su incursión en la arena electoral y durante la segunda vuelta.
Pero el cálculo político de «El Tigre» fue distinto. Consideró que podía desconocer esos cuerdos históricos y promover un candidato diferente, convencido quizás de que su influencia mediática, su estilo confrontacional y su capacidad de presión serían suficientes para modificar las mayorías; pero la realidad terminó imponiéndose.
Los 17 votos del Centro Democrático, sumados a los 25 del Pacto Histórico, además de apoyos provenientes del Partido Liberal, del Partido de la U y de los dos senadores indígenas, consolidaron una mayoría suficiente para elegir al senador samario, delCentro Democrático, Honorio Henríquez Pinedo como presidente del Senado para el periodo 2026-2027.
Más que la derrota de Alfredo de Luque, lo ocurrido representa un revés para la estrategia política de quien ha construido su liderazgo alrededor de la confrontación permanente y del desafío constante a quienes considera adversarios.
La política colombiana tiene múltiples defectos, pero también conserva ciertas reglas de convivencia que permiten preservar equilibrios institucionales. Ignorarlas casi siempre tiene un costo.
De la Espriella ha irrumpido en el escenario nacional con un discurso vehemente, agresivo y profundamente polarizante. Sus intervenciones públicas suelen estar cargadas de descalificaciones e insultos dirigidos contra quienes piensan diferente.
Esa estrategia puede generar aplausos entre sus seguidores más fervientes, pero difícilmente construye consensos dentro de un Congreso donde las mayorías se edifican mediante negociación, respeto y cumplimiento de acuerdos.
La derrota sufrida este 20 de julio debería servirle como una saludable dosis de realidad política. Porque una cosa es dominar el debate mediático y otra muy distinta es construir gobernabilidad dentro de un escenario donde los votos, y no las estridencias, son los que finalmente deciden.
Quienes observan el fenómeno político de «El Tigre» encuentran a un dirigente que ha crecido aceleradamente alrededor de una imagen de fuerza, autoridad y confrontación. Sin embargo, esa construcción también parece haber alimentado una percepción de invulnerabilidad que puede conducir a errores de cálculo como el ocurrido en la elección del Senado.
En política, el exceso de confianza suele ser un enemigo silencioso. Quien cree que puede desconocer las reglas tradicionales porque considera que su liderazgo está por encima de ellas, termina descubriendo que las instituciones poseen mecanismos propios para restablecer los equilibrios.
Paradójicamente, hace apenas unas semanas el propio De la Espriella exaltaba públicamente al expresidente Álvaro Uribe Vélez, afirmando en su finca que Uribe seguía siendo «el Rey». Sin embargo, al momento de una decisión trascendental dentro del Senado, terminó enfrentándose políticamente al partido liderado por ese mismo dirigente. La política suele cobrar las incoherencias con rapidez.
Quizá sea oportuno recordar una de las enseñanzas atribuidas a Nicolás Maquiavelo: cuando de alianzas se trata, «el fin justifica los medios».
A este primer “tatequieto” al “Tigre” con la derrota de su candidato a la presidencia del Senado hay que agregarle el trago amargo que le tocará pasar con la conformación de las Comisiones del Congreso, entre ellas, la Comisión Primera o Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, la cual, como las otras Comisiones, se conforman no por elección de sus miembros sino por distribución de acuerdo a la cifra
repartidora, dándole al Pacto Histórico 5 de los 17 escaños de esta Comisión de Acusaciones, conformada por 17 miembros, 3 escaños al Centro Democrático; escaños para las curules de Paz, las cuales constituirían mayoría.
Queda así registrado para la historia, el primer «tatequieto» a Abelardo de la Espriella, presidente electo, el cual le demostró que, al menos en esta ocasión, terminó estrellándose contra la realidad de las mayorías parlamentarias.
