Cultura

Andrés Cepeda en concierto

“Salir al mundo es como caminar en medio de una guerra pero, a tu lado, todo es más seguro porque encuentro paz… ¡Yo quiero estar contigo el resto de mi vida!” Joel Henríquez/Jorge Piloto

De acuerdo con el sitio https://www.letras.com/andres-cepeda/1554921/, esta famosa canción, “Día tras día” fue compuesta por los compositores Joel Henríquez y Jorge Piloto, aunque muchos fans no lo sepan, ni el mismo Andrés Cepeda lo divulgue, al menos en este concierto de Cartagena.  Otras canciones, en cambio, como “Bogotá”, tienen como compositor principal a Andrés Cepeda, junto con Andrés Torres y El Dandee.

Sin embargo, fueron vanos hasta ahora mis intentos de saber quién diseñó el hermoso edificio que nos acogía, con su evidente herencia hispánica y romana (no exenta de apasionada y elegante barbarie de muerte animal ritualizada, con alto riesgo de la vida del torero como héroe).  Me complací durante la espera del artista, en contar los cien arcos dobles que forman el hermoso círculo de la plaza, coronados por simétricas puntas como banderillas ensangrentadas, pero también conté los 25 ó 30 niveles de graderías ascendentes en los que logran acomodarse unas 15.600 personas, de acuerdo con una fuente académica: la monumental “es una gran joya tanto de la arquitectura como de la ingeniería de la ciudad… y considerada a veces de las más lindas de América por su forma de corona” (Ponnefzz & Haad, 2011: 10). 

En el nivel más bajo de todo el escenario –la antigua “arena” del combate ritual–, muy cerca de la tarima que habría de iluminar el artista en un par de horas, se acomodaba en sillas blancas con espaldar, convenientemente apretadas, lo más alto de la sociedad cartagenera atendida como en un bar privado por un ejército de sirvientes en su mayoría negros ataviados con ridículas corbatas rojas.  Mas esta élite naturalmente privilegiada tenía en común con el público general, vale decir el pueblo, la posesión de celulares restallantes de luces frías que movían de un lado a otro…

Poco después de las 10 p.m. llegó al fin el anhelado momento. En las dos horas de espera, con un calor sofocante a pesar de la fresca noche, pues estábamos como atrapados en aquel tazón enorme, un artista incipiente y afortunado, Esteban Nieto, nos entretuvo un rato con sus letras de karaoke en las pantallas gigantes y sus melodías, que tenían el inconfundible y quizás inconfesable dejo de Carlos Vives.  Y entre la publicidad de las pantallas y las canciones pegajosas del DJ que despertaban el entusiasmo del público matamos el tiempo de espera hasta que toda la plaza se apagó de pronto, dejando una oscuridad y un silencio que solo podía anunciar la llegada de Andrés Cepeda, a quien vimos luego descender por la parte trasera del escenario, en ropa blanca con su guitarra, iluminado por un reflector que seguía sus pasos mientras arrancaba una salva de aplausos.  Nos pusimos todos de pie para recibir al artista, pero la oscuridad persistía…

La inconfundible figura delgada de Cepeda, casi quijotesca, sin su melena bruna y con sus gafas oscuras irrumpió entonces desde las sombras y con la guitarra terciada, como una clásica estrella de rock, se plantó adelante, en la punta de la tarima, a solo metros de los pocos VIP, pero sobre todo bajo la mirada amorosa y feliz de unos siete mil seguidores desde las alturas de las graderías.  Y sin mediar una sola palabra soltó, junto con sus extraordinarios músicos, una poderosa cascada sonora y luminosa que estremeció hasta los reforzados cimientos de la plaza, en una primera canción del rock de su juventud, como para disipar todas las dudas sobre su origen musical, con la fuerza arrolladora que lo acompañaría las tres horas que duró su inolvidable concierto.  Supimos entonces que estábamos delante de un grande de la música contemporánea dentro y fuera de Colombia.  Y nos dejamos llevar por la corriente de felicidad que se creó entre él, sus músicos, y nosotros. Para ayudarme a seguir las letras de sus coreadas canciones –para mí desconocidas en gran parte– las abrí en el celular e intenté unirme al coro.  Una joven vecina de nuestro lugar en la gradería alta, en cambio, las siguió sin descanso con precisión de experta hasta el final, pasada la medianoche y desbordando casi la primera hora del nuevo día. 

Fue notorio el cuidado, la minuciosidad y el amor con el que Cepeda y su equipo planearon cada minuto del concierto, como el itinerario musical de un viaje por las canciones y los géneros más significativos de su vida personal como artista, pero también de nuestra común historia colombiana, encontrando los momentos cumbre de esta historia que él iba comentando como su narrador privilegiado. 

Y así, del rock estruendoso, deslumbrante y veloz, Cepeda pasó a un solitario y romántico momento acompañado solo por su piano, y luego a una resonante tanda de canciones tropicales con más instrumentos de viento, hasta sorprendernos también con un segmento encantador de mariachis, en una sucesión llena de sorpresas, incluyendo éxitos de raíces cartageneras como la clásica “Rebelión” del gran Joe Arroyo en una versión impresionante, hasta la inesperada presencia de un artista invitado como Gusy, que levantó aún más el fervor del público, y hasta el retorno bien dosificado a sus canciones, que tuvieron un doble final apoteósico, en un derroche de virtuosismo por parte de sus músicos y de él mismo con su impecable y potente voz, para entregarles a los privilegiados espectadores y a la ciudad entera, un verdadero regalo cultural, aunque transmutado en una costosa mercancía… 

De la indudable y profunda conexión emocional y artística de Andrés Cepeda con la gente, sobre todo entre los jóvenes, pero también entre las generaciones mayores como algunos de nosotros, una especie de conexión entre las almas, mediada por la música y la voz, podemos dar testimonio quienes asistimos a este concierto seguramente irrepetible.

Al salir de la plaza, exhaustos y felices, un jovencito que acompañaba a nuestro grupo confesaba emocionado que nunca había visto a tantas mujeres bellas como en esta multitud de fans de Andrés Cepeda.  Es cierto, aunque habría que agregar imparcialmente que también el género masculino estaba bien representado, más que en la belleza en la adherencia al ideal romántico frente a nuestras amadas parejas, ejemplificado por el propio Cepeda y su esposa a quien compuso una bonita canción. 

Para una ciudad como Cartagena de Indias con más de un millón de habitantes, los probables 6 ó 7 mil que asistimos al concierto, somos apenas una pequeña muestra (menos del 1%).  Pero no deja de ser significativo, ni es simple casualidad que la inmensa mayoría de asistentes fuéramos de piel clara, según pude observar a simple vista.  Las personas de pieles oscuras que vi, no estaban dentro del público general –y menos del VIP–, aunque los había de tonos atenuados y una que otra de oscuro profundo, por quienes siento una simpatía franca; pero estas personas estaban entre quienes ofrecían servicios de mera supervivencia como los acomodadores de carros, los vendedores de agua y refrescos o comida, como la señora casi anciana que vendía chuzos al carbón, o el niño, la hermana y la madre de un grupito que voceaba desde una orilla de las apretujadas filas, sin tener jamás la posibilidad real de pagar una entrada para disfrutar de un concierto de Cepeda.  Es verdad que Cepeda tuvo la decencia de pedir un aplauso para todos los trabajadores del turismo que hacen de Cartagena una ciudad amable, y quizás se refería a la importante población negra de los barrios marginales cuando dijo que había mucha gente sufriendo para sobrevivir.  Tal vez se refería también a aquella gente de pieles oscuras que deseando entrar a su concierto, no pudieron hacerlo.

Laurent Céspedes Ramírez.  Cartagena de Indias, 15 de septiembre de 2024


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