EL LIBRETO DE LAS BENDICIONES PASTORALES. Por Álvaro Morales

Avanzan las campañas políticas, y con ellas también avanza el libreto propio de los candidatos. Es el mismo guión y la misma trama. La bendiciones.

Los candidatos firmarán “Pactos por la Transparencia”; se tomaran fotos con niños mocosos, con ancianos de rostros fruncidos por las arrugas, con las palenqueras, irán a misa, caminarán calles, comerán en la cocina de sus seguidores, irán a cuanto sepelio se les atraviese, a todo cumpleaños que sepan, mostrarán su mejor sonrisa, comerán sin asco en el podrido Mercado de Bazurto, y algunos se subirán a los buses, y hasta en Transcaribe, ¿por qué no?

Pero hay algo que se ha puesto de moda, y es acudir puntualito y bien vestiditos a cuanta Iglesia Evangélica los invite para ser santiguados, ungidos o bendecidos por el Pastor de turno.

La ceremonia es muy protocolaria y rigurosa. El que esté de candidato a la bendición sacerdotal, ya dentro del recinto, pasará adelante ante el aparatoso llamado del Pastor, quien de salida se confundirá con el candidato en un hipócrita e interesado abrazo.

Vale la pena aclarar que para estos líderes, o mejor, seudo líderes religiosos la bendición sólo procede para aquellos candidatos que estén punteando en las encuestas; para los de la cola, esos que marcan escasos porcentajes de intención de votos no hay cabida en el “reino” del Pastor. El asunto es “apuntarse al caballo ganador”.

El dirigente religioso, arrogante, y de manera intencional, le muestra al Candidato lo pletórico y lleno a reventar que se encuentra su “Iglesia”, como ellos dicen, desconociendo que la Iglesia es de Jesucristo; sacando pecho ante el político de turno por el número de votos con que puede contar si es que se porta bien con él, o sea, si es que se compromete a “bajarse de bus” con un buen  “auxilio de marcha”, como dicen, es decir, con “un buen billetico para la logística de la campaña y apoyo al Templo”; con unos buenos contraticos, que si son del PAE, no importa; con el arriendo de uno que otro vehículo al servicio del gobierno; y también con unos cuantos “puestecitos” que terminan en cabeza de sus familiares y amigos.

El político, que no es ningún bobo, y que ha llegado a la “iglesia” con su comitiva, previamente la ha instruido para que con la mayor precisión posible haciendo un paneo del salón cuente el número de prosélitos religiosos asistentes, los que para el político solo son votos que castigándolos en su número servirán para determinar la negociación con el Pastor.

Como es un juego de vivos, el Político candidato a bendecir, sabe muy bien que ese día, por exigencia del Pastor, han asistido a la “Iglesia” los que hacía muchos años no lo hacían, pero que asistieron más que motivados, obligados por el familiar que sí asiste cumplidamente.

La ceremonia comienza, y el Pastor, imponiendo sus manos sobre la cabeza del político, y violando el precepto bíblico, comienza dizque a “hablar en lenguas”, lo cual no es más que un trabalenguas o jeringonza que ni el mismo entiende. El apóstol Pablo dijo en la Primera Carta a los Corintios: “…cuando estoy en la iglesia, prefiero decir cinco palabras que se entiendan y que ayuden a otros, más que decir diez mil palabras en un idioma que nadie entiende”.

Todavía recuerdo que a Nicolás Curi no hubo Pastor que no lo bendijera, sobre todo en su segunda campaña a la alcaldía; lo mismo que sucedió con el extinto Campo Elías Terán y toda su familia, en especial con su hija Egla.

Para esta época de campañas políticas, la competencia entre los Pastores por ungir a los políticos está en primer plano.

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